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La leyenda del algarrobo -Geografia flora y fauna de Córdoba Argentina

Hace mucho tiempo había un pueblo aborigen que vivia muy feliz, comían de los frutos de la tierra y estaban sanos porque usaban las plantas como medicinas.

Pero la gran riqueza les hizo olvidar sus deberes cotidianos, dejaron de levantar los altares a sus dioses, permitieron que las herramientas de trabajo se enmohecieran y se olvidaron de sus campos. Se dedicaron solamente a las fiestas y las diversiones.

Tuca, la hija del gran cacique, rezaba para que la desgracia no cayera sobre ellos, pero el dios sol, enojado por la pereza del pueblo, arrojó sobre ellos sus poderosos rayos y quemó la tierra, convirtió sus reservas en granos de polvo y escaseó el agua.

Tuca corrió hasta un altar y dejó alimentos, encendió un fuego para quemar hierbas olorosas y rezó a la Pachamama.

Vencida por el llanto se quedó dormida, tuvo un sueño en el cual la diosa Pachamama se le aparecía y le decía: “levántate Tuca, y junta los frutos del árbol que te cobija, y así tu pueblo se salvará y lo llamará con tu nombre.

Tuca se despertó y miró hacia arriba, un árbol gigantesco le había prestado su sombra y de sus ramas colgaban vainas marrones cuya forma nunca haría pensar que servían de alimento. Tuca juntó las vainas y corrió a llevárselas a su gente.

Así conocieron al algarrobo que los salvó del hambre y la perdición.

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Flora Fauna y Geografía de Córdoba Argentina La leyenda del Tero

El padre había hecho una gran fortuna y sus dos hijos disfrutaban de buena vida. Era un buen trabajador en el campo y además tuvo suerte con algunos de los negocios que había emprendido. El hombre, que era bastante mayor, un día enfermó gravemente y poco tiempo después murió. Así fue que dejó para sus hijos esa inmensa fortuna.

Cuando el tiempo de luto se cumplió, los muchachos se hicieron cargo de sus riquezas y se dispusieron a disfmadas a lo grande. Comenzaron a aparecer amigos de todos lados, los gastos aumentaban más y más.

Desgraciadamente, para sostener el modo de vida que eligieron, necesitaron comenzar a vender parte de los bienes heredados. De a uno fueron despojándose de los buenos enseres de: hogar, hasta
que ya nada quedó y tuvieron que vender la propiedad paterna en toda su extensión.

De la riqueza y de la vida fácil pasaron abruptamente a conocer la cara más cruda de la pobreza. No tenían ni casa ni abrigo. Los que se decían amigos, raudamente habían desaparecido. En esa
situación se encontraban cuando, al no hallar remedio a la miseria que los perseguía, los ganó la terodesesperación. Se fueron al campo, se ocultaron de sus vecinos y se pusieron a llorar desconsoladamente, hasta quedarse dormidos.

Cuando despertaron, descubrieron su pequeñez y su nuevo aspecto: quisieron hablarse y no pudieron, solo un extraño sonido surgió de sus antiguas bocas. Se habían convertido en aves, eran teros. Sin embargo, algo conservaban de su pasado esplendor: la corbata y la pechera de la camisa. Y parte de su soberbia quedó plasmada en un copete.

Así castigó Dios la imprudencia de estos jóvenes. Pero aún hoy puede observarse, como prueba de su arrepentimiento, un círculo rojo alrededor de sus ojos, huella visible de su angustioso llanto
producido por tan mal comportamiento.

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Leyendas: El hornero Flora y Fauna de Córdoba Argentina

Pareja de horneros

Leyenda del Hornero

Amanece en el norte cordobés.
En este paisaje donde todo es auténtico y natural tenía su asentamiento una tribu de indios laboriosos, pacíficos, mezcla de sanavirones y diaguitas.
Allí vivía un indio anciano acompañado solamente por su nieto Jahé, un muchacho fuerte y trabajador.
Su abuelo le había enseñado el oficio de albañil y él, solidario con las otras familias de la tribu, les ayudaba a construir sus pobres casas reemplazando los toldos de ramas y cueros.
Una tarde, cansado de la dura jornada del día, se acostó a la sombra de un árbol cercano al arroyo, cuando vio que una muchacha muy hermosa caminaba apresurada por el sendero.
El. joven quiso seguirla pero ella no le dio tiempo y se perdió en la espesura del bosquecillo de jarillas, retamas y espinillos…
Pero sí tuvo tiempo para mirarlo y sus ojos se encontraron.
Ambos supieron que había nacido entre ellos el amor a «primera vista».
Jahé contó a su abuelo el fugaz encuentro.
-Ten cuidado. No mires tan alto. Ella es la hija de nuestro cacique. No será fácil llegar a esa muchacha y conquistar su amor.
Buen razonamiento del abuelo. Yunka, la india, tenía muchos pretendientes y un padre muy severo que aspiraba para su hija un esposo de mayor jerarquía.
Pero Jahé no se desanimó, se propuso hacer lo que fuera necesario para conquistar a la jovencita.
Fue así como, cuando el cacique llamó a los hombres jóvenes de la tribu para someterlos a una difícil prueba, él estuvo entre los primeros.
La prueba era dura. Los aspirantes a la mano de Yunka debían ser envueltos en la piel fresca de una vaca y dejados al sol.
Al irse secando el cuero se encogería, apretando y estrechándolos con gran dolor.
El que resistiera más tiempo, o sea el más duro y fuerte, se convertiría en el esposo de su hija.
El día señalado, ocho pretendientes fueron envueltos y dejados en el campo al aire y al sol.
Uno a uno los indios que no soportaban el tormento fueron abandonando.
Pasados unos días sólo fueron quedando dos; Jahé y Aguará.
Cuando este último pidió que lo liberaran de la terrible prisión, la gente de la tribu vino a sacarlo y lo acompañó hasta su rancho.
Cuando regresaron para declarar vencedor a Jahé vieron asombrados que, de la enrollada piel salió una avecilla que voló y se asentó en un árbol cercano.
El fuerte y valeroso albañil se había convertido en un pájaro que con un silbo muy agudo saludaba a su libertad.
Yunka quedó desilusionada y muy triste. Se encerró su rancho y se negó a salir. Pero un día, ante el asombro de sus padres y vecinos, también levantó vuelo y fue a reunirse con su amado que la esperaba en el bosque.
El bueno de Tupá, dios de los indios, se había apiadado de ella y la convirtió en la compañera de Jahé.
Como señal de buen augurio aquella noche cayó una lluvia mansa que lavó el campo, los árboles y las penas…
Y a la mañana siguiente, todos vieron cómo la pareja de avecillas amasaba con sus patitas el barro de una charca y lo mezclaba con trocitos de paja.
Allá en lo alto, en la horqueta del algarrobo del rancho de su abuelo, el pájaro comenzó a construir su nido con el barro que le alcanzaba en el pico su hermosa compañera.
Mientras cantaban su canción de amor que posiblemente traducida a nuestro idioma diría:

Nuestro nido no será de plumas
Son livianas, volarán.. .
Mejor lo hagamos de barro
Bien seguro y abrigado
En donde nuestros hijitos,
sin peligro crecerán
Y será nuestra casita
Nido de felicidad…

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* Leopoldo Lugones: Fábulas Nativas. Ed. Kapeluz 1924.

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